Cuentos de Anthony de Mello – Extracto del Libro Un Minuto para el Absurdo

El siguiente extracto de libro lo obtuve gracias a la siguiente página: http://www.lasperlasdemar.com/Perlas/autores/Anthony%20de%20Mello-un%20minuto%20para%20lo%20absurdo%20extracto.html

«Una buena manera de descubrir tus defectos -dijo el Maestro– consiste en observar qué es lo que te irrita de los demás».
Y contó cómo su mujer, que había dejado una caja de bombones en el estante de la cocina, descubrió una hora más tarde que la caja pesaba bastante menos: todos los bombones de la capa inferior habían desaparecido y habían ido a parar a una bolsa de papel que se encontraba encima de las pertenencias de la nueva cocinera. Para no poner a ésta en una situación enojosa, la bondadosa mujer del Maestro, volvió a colocar los bombones en la caja y guardó ésta en una alacena, a fin de evitar posibles tentaciones.
Después de la cena, la cocinera anunció que dejaba su trabajo aquella misma noche.
« ¿Por qué? ¿Qué sucede?», preguntó el Maestro.
«No quiero trabajar para personas que roban», fue su desafiante respuesta. 
Al día siguiente, el Maestro completó su lección con la historia del ladrón que encontró esta nota en la puerta de la caja fuerte que iba a reventar:
«Por favor, no emplee dinamita. La caja no está cerrada. Basta con hacer girar el picaporte».
Y, en el momento en que hizo girar el picaporte, cayó sobre él un pesado saco de arena, se encendieron las luces de la habitación, y la alarma despertó a todo el vecindario.
Cuando el Maestro visitó en la cárcel al ladrón, éste no podía ocultar su resentimiento:
« ¿Cómo voy a poder confiar de nuevo en ningún ser humano?»
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Cuando un discípulo dio a entender que habría que actualizar la espiritualidad del Maestro, éste, tras soltar una sonora carcajada, contó la historia de aquel estudiante que le preguntó al librero:
« ¿No tiene usted libros más recientes sobre anatomía? Éstos tienen al menos diez años».
Y el librero le respondió:
«Que yo sepa, joven, en los últimos diez años no se le ha añadido al cuerpo humano ni un solo hueso».
«Tampoco», añadió el Maestro, «se le ha añadido nada a la naturaleza humana en los últimos diez mil años».
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El Maestro solía decir que la Verdad está justamente delante de nuestros ojos y que, si no conseguimos verla, es porque nos falta perspectiva.
En cierta ocasión se llevó consigo a un discípulo a subir a una montaña. A mitad de camino, el discípulo se quedó mirando a la maleza con cara de pocos amigos, y preguntó:
« ¿Dónde está el maravilloso paisaje del que me hablabas?».
El Maestro sonrió burlonamente y dijo: «Estás pisando encima de él, como podrás comprobar cuando lleguemos a la cima».
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El Maestro no era, ciertamente, un obseso de la etiqueta y las buenas maneras, aunque siempre daba muestras de una natural educación y elegancia en su trato con los demás.
Una noche, llevando al Maestro a su casa en automóvil, un joven discípulo se mostró especialmente grosero con un agente de tráfico, y en su propio descargo le dijo al Maestro:
«Prefiero ser yo mismo y que la gente sepa exactamente cómo me siento. . . La cortesía no es más que aire. . .»
«Eso es verdad», dijo conciliador el Maestro, «pero aire es también lo que llevamos en los neumáticos, y fíjate cómo suaviza los baches. . . ».
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En cierta ocasión, hablando el Maestro del poder hipnótico de las palabras, alguien gritó desde el fondo de la sala: «¡No dices más que tonterías! Si yo digo ‘Dios, Dios, Dios’, ¿acaso ello me hace divino? y si digo ‘pecado, pecado, pecado’, ¿acaso ello me hace malo?».
«i Siéntate, bastardo!», dijo el Maestro.
El tipo se puso tan furioso que no podía articular palabra. Finalmente, estalló en improperios contra el Maestro.
Éste, aparentando arrepentimiento, le dijo:
«Perdóneme, señor, por perder la calma. Le suplico que excuse mi imperdonable error».
El otro se calmó inmediatamente, y entonces le dijo el Maestro:
«Ya tiene usted su respuesta: ha bastado una palabra para encolerizarlo, y otra para tranquilizarlo».
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El Gobernador dimitió de su elevado cargo y acudió al Maestro en busca de enseñanza.
« ¿Qué quieres que te enseñe?», le preguntó el Maestro.
«La sabiduría».
«Lo haría con mucho gusto, amigo mío, si no fuera porque existe un gran obstáculo. . . 
« ¿Y cuál es ese obstáculo?».
«Que la sabiduría no puede enseñarse».
«Entonces, ¿no tengo nada que aprender aquí?».
«La sabiduría no puede enseñarse, pero sí puede aprenderse».
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El afecto deforma nuestra percepción: éste era un tema en el que insistía el Maestro una y otra vez, y los discípulos vieron la oportunidad de verlo ejemplificado cuando oyeron cómo el Maestro preguntaba a una madre:
« ¿Cómo está tu hija?»
« ¿Mi hija? ¡No sabes la suerte que ha tenido! Se casó con un hombre maravilloso que le ha regalado un coche, le compra todas las joyas que quiere y le ha dado un montón de sirvientes. Incluso le lleva el desayuno a la cama y la permite levantarse a la hora que quiera. Un verdadero encanto de hombre!».
« ¿Y tu hijo?»
«Ése es otro cantar. . .! ¡Menuda lagarta le ha caído en suerte. . .! El pobre le ha regalado un coche: la ha cubierto de joyas y ha puesto a su servicio no sé cuántos criados. . . y ella se queda en la cama hasta el mediodía! Ni siquiera se levanta para prepararle el desayuno. . . !».
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Cuando le preguntaron si nunca se había sentido desanimado por el escaso fruto que sus esfuerzos esfuerzos parecían producir, el Maestro contó la historia de un caracol que emprendió la ascensión a un cerezo en un desapacible día de finales de primavera.
Al verlo, unos gorriones que se hallaban en un árbol cercano estallaron en carcajadas y uno de ellos le dijo:
«Oye, tú, pedazo de estúpido!, ¿no sabes que no hay cerezas en esta época del año?».
El caracol, sin detenerse, replicó:
«No importa. Ya las habrá cuando llegue arriba»
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Una asistenta social le exponía sus penas al Maestro y le refería cuánto habría podido hacer ella por los pobres si no hubiera tenido que emplear tanto tiempo y tantas energías en protegerse a sí misma y su propio trabajo de calumnias y malentendidos.
El Maestro, tras escucharla con atención, se limitó a decirle:
«Nadie arroja piedras a un árbol sin frutos».
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Preguntó el predicador santurrón:
« ¿Cuál es, a tu juicio, el mayor pecado del mundo?».
«El de quien ve a los demás seres humanos como pecadores», respondió el Maestro.
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«Mi vida es como un cristal hecho pedazos», dijo el visitante. «Mi alma está corrompida por el mal. . . ¿Puedo tener alguna esperanza?»
«Sí», dijo el Maestro. «Hay algo con lo que se repara cualquier cosa rota y se limpia cualquier mancha».
« ¿Y qué es ?»
«El perdón».
« ¿Y a quién he de perdonar?»
«A todos: a la vida, a Dios, a tu prójimo…y, sobre todo, a ti mismo».
« ¿Y cómo se hace ?»
«Comprendiendo que no hay que culpar a nadie», dijo el Maestro, «A NADIE».
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«Ando buscando el sentido de la existencia», dijo el visitante.
«Naturalmente, das por supuesto que la existencia tiene un sentido… », le dijo el Maestro.
« ¿Es que no lo tiene?»
«Cuando experimentes la existencia tal como es -no como tú piensas que es-, descubrirás que tu pregunta no tiene sentido», dijo el Maestro.
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«El mundo moderno está padeciendo de una creciente anorexia sexual», dijo el psiquiatra.
« ¿Y eso qué es?», preguntó el Maestro.
«Pérdida del apetito sexual».
« ¡Eso es terrible!», dijo el Maestro.
« ¿Y cómo se cura ?»
«No lo sabemos. ¿Lo sabes tú?»
«Creo que sí».
« ¿Cómo ?»
«Haciendo que el sexo vuelva a ser pecado», dijo el Maestro con una maliciosa sonrisa.
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Cuando al Maestro le nació su primer hijo, no parecía cansarse nunca de contemplar a la criatura.
« ¿Qué quieres que sea el niño cuando sea mayor?», le preguntaron.
«Escandalosamente feliz», respondió el Maestro.
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« ¡Dame la enhorabuena!»
« ¿Por qué ?»
«Porque al fin he encontrado un trabajo que ofrece unas excelentes perspectivas de ascenso».
El Maestro dijo en tono pesimista: «Ayer eras un sonámbulo, y hoy sigues siéndolo. Y lo  serás hasta el día en que te mueras. ¿De qué ascenso hablas?»
«Hablo de un ascenso económico, no de un ascenso espiritual. . . »
«Ya veo. . . un sonámbulo con una cuenta corriente que no es capaz de disfrutar por no estar despierto».
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El Maestro no era ajeno, ciertamente, a cuanto ocurría en el mundo.
Cuando le pidieron que explicara uno de sus aforismos preferidos, «No hay nada bueno ni malo; es el pensamiento el que lo determina», esto fue lo que dijo:
« ¿No habéis observado que lo que la gente llama ‘congestión’ en un tren, se convierte en ‘ambiente’ en una discoteca ?»
Y para ilustrar el mismo aforismo contó un día cómo, siendo niño, había oído a su padre, un famoso político, criticar severamente a un miembro de su partido que se había pasado al partido contrario.
«Pero, padre, si el otro día no hacías más que elogiar a un hombre que había dejado el partido contrario para pasarse al tuyo. . .»
«Verás, hijo, tienes que aprender cuanto antes esta importantísima verdad: los que se pasan al otro partido son traidores; los que se pasan al nuestro son conversos».
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« ¿No vas a deseamos una feliz Navidad?»
El Maestro echó un vistazo al calendario, vio que era jueves y dijo: «Prefiero desearos un feliz jueves».
Aquello ofendió a los cristianos que había en el monasterio, hasta que el Maestro se explicó: «Son millones los que van a disfrutar, no el día de hoy, sino la Navidad; por eso su gozo es efímero. Pero, para aquellos que han aprendido a disfrutar el hoy, todos los días son Navidad».
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En cierta ocasión, el Maestro puso en evidencia a sus discípulos sirviéndose de la siguiente estratagema: Entregó a cada uno una hoja de papel y les pidió que hicieran constar en ella la longitud exacta de la sala en la que se encontraban.
Casi todos ellos escribieron cifras en tomo a los cinco metros. Dos o tres de ellos añadieron además la palabra: «aproximadamente».
El Maestro les dijo: «Ninguno ha dado la respuesta correcta».
« ¿Y cuál es la respuesta correcta?», le preguntaron
«La respuesta correcta», dijo el Maestro, «es: No lo sé».
Los discípulos le comunicaron al Maestro el epitafio que habían pensado para él:
«Era más fácil vivir sin temor cuando estaba él».
Y el Maestro les dijo: Si tenéis necesidad de mí para vivir sin temor, entonces mi  presencia no sirve más que para ocultar vuestra cobardía, no para curarla».
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Cuando uno de los discípulos cometió una grave equivocación, todos esperaban que el Maestro le aplicara un castigo ejemplar.
Pero cuando, transcurrido un mes, vieron que no pasaba nada, uno de los discípulos le manifestó al Maestro su desacuerdo: «No podemos ignorar lo sucedido. A fin de cuentas, Dios nos ha dado ojos…»
«Sí», replicó el Maestro, «y también párpados».
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Lo que más costaba a los recién llegados era adaptarse a la humanidad y la absoluta sencillez del Maestro, el cual disfrutaba demasiado de las cosas buenas de la vida y de los placeres de los sentidos como para encajar en el esquema de lo que ellos consideraban que debía ser un santo.
Cuando uno de ellos lo comento con un discípulo, éste le respondió:
«Cuando Dios hace de un hombre un Maestro, no deshace al hombre que hay en él».
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Para ilustrar el axioma que tantas veces repetía -«Veis las cosas como vosotros sois, no como ellas SON»-, el Maestro refirió el caso de un viejo amigo suyo de ochenta años que había llegado al monasterio cubierto de lodo y totalmente empapado.
«Ha sido ese riachuelo que hay a medio kilómetro de aquí», explicó. «Antes, siempre podía saltarlo sin problemas, pero ahora no consigo nunca pasar de la mitad. Y es que no me había dado cuenta de que el riachuelo se ha hecho más ancho».
A lo cual, el Maestro mismo añadió:
«Ahora, cada vez que me agacho para atarme los zapatos, me doy cuenta de que el suelo está más lejos que cuando era Joven».
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«Hay una cosa que ni siquiera Dios puede hacer», le dijo el Maestro a un discípulo al que le aterraba la mera posibilidad de ofender a alguien.
« ¿Y cuál es?»
«Agradar a todo el mundo», dijo el Maestro.
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Cuando alguien insistió en que un problema moral determinado no podía tener más que una única solución absolutamente correcta, el Maestro dijo:
«Si una persona duerme en un lugar húmedo, es probable que contraiga lumbago. Pero esto no es aplicable a los peces.
Vivir en un árbol puede ser peligroso y perjudicial para los nervios. Pero esto no es aplicable a los monos.
¿De cuál de los tres grupos -peces, monos y seres humanos- puede decirse que viven en el hábitat absolutamente correcto?
Los seres humanos comen carne; los búfalos, hierba; y los árboles se nutren de la tierra
¿Cuál de los tres tiene el sentido del gusto absolutamente correcto?».
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Cuando alguien expresó el odio que sentía hacia los opresores de su país, el Maestro le dijo:
«Jamás permitas que nadie te arrastre tan abajo que te haga odiarlos».
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«Si buscas a Dios, lo que haces es buscar ideas. . . y pasar por alto la realidad», dijo el Maestro.
Y contó el caso de un monje que se quejaba de la celda que le habían dado: «Yo quería una celda desde la que pudiera contemplar las estrellas, pero me han dado una que tiene delante un estúpido árbol que me lo impide. . . »
Sin embargo, fue precisamente mirando aquel árbol como alcanzó la Iluminación el anterior ocupante de la celda.
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«Todo el mundo sabe de mi audacia», dijo el Gobernador, «pero confieso que una cosa me da miedo: la muerte. ¿Qué es la muerte?»
« ¿Y cómo puedo saberlo yo?»
« ¡Tú eres un Maestro iluminado. . .!»
«Tal vez. Pero todavía no soy un Maestro muerto».
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Un ejecutivo preguntó al Maestro cuál creía él que era el secreto de una vida dichosa y afortunada.
«Hacer feliz cada día a una persona», le respondió el Maestro.
Y, tras unos breves instantes, dijo: «Aunque esa persona seas tú mismo».
Hizo otra breve pausa y añadió: «Sobre todo si esa persona eres tú mismo».
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«La sinceridad   no es suficiente», solía decir el Maestro; «lo que hace falta es honradez».
« ¿Y cuál es la diferencia ?», le preguntaron.
«La honradez consiste en estar constantemente abierto a la realidad», dijo el Maestro, «mientras que la sinceridad no es otra cosa que creerse la propia propaganda».
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Dijo un día el Maestro: «No estaréis preparados para ‘combatir’ el mal mientras no seáis capaces de ver el bien que produce».
Aquello supuso para los discípulos una enorme confusión que el Maestro no intentó siquiera disipar.
Al día siguiente les enseñó una oración que había aparecido garabateada en un trozo de en el campo de concentración de Ravensburg:
«Acuérdate, Señor, no sólo de los hombres y mujeres de buena voluntad, sino también de los de mala voluntad. No recuerdes tan sólo todo el sufrimiento que nos han causado;
Recuerda también los frutos que hemos dado gracias a ese sufrimiento: la camaradería, la lealtad, la humildad, el valor, la generosidad y la grandeza de ánimo que todo ello ha conseguido inspirar. Y cuando los llames a ellos a juicio, haz que todos esos frutos que hemos dado sirvan para su recompensa y su perdón».
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Un día, un discípulo le preguntó al Maestro a quemarropa: « ¿Has alcanzado tú la santidad?»
« ¿Cómo puedo saberlo?», respondió el Maestro.
« ¿Y quién va a saberlo, sino tú?»
«Pregúntale a una persona normal si es normal», dijo el Maestro, «y te asegurará que lo es. Pregunta a un loco si es normal. . . ¡Y también te asegurará que lo es!»
Y esbozó una maliciosa sonrisa.
Más tarde diría: «Si te das cuenta de que estás loco, no lo estarás tanto, ¿no crees? Si sospechas que eres santo, no lo serás tanto, ¿no te parece? El santo nunca es consciente de que lo es».
Un recién llegado, que no se sentía muy satisfecho con lo anterior, le dijo a uno de los discípulos: «yo necesito realmente saber si el Maestro es santo o no lo es».
« ¿Y eso qué importa ?», le preguntó el discípulo.
«Importa mucho. ¿Por qué he de seguirle si él no ha alcanzado la santidad’?»
« ¿Y por qué has de seguirle si la ha alcanzado? Según dice el Maestro, el día en que sigues a alguien dejas de seguir a la Verdad».
Y añadió: «Los pecadores dicen muchas veces la verdad, y los santos han hecho equivocarse a muchas personas. Fíjate en lo que se dice, no en quién lo dice».
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Llegó un dictador al poder, y el Maestro fue arrestado cuando, desafiando las normas de la censura, repartía octavillas en la calle.
Una vez en la comisaría, se comprobó que lo más subversivo que había en su mochila era un montón de hojas de papel en blanco.
« ¿Qué significa esto?», preguntó el agente de policía.
El Maestro sonrió y dijo: «La gente sabe lo que significa».
La anécdota se hizo tan célebre en todo el país que, años más tarde, no les hizo ninguna gracia a los sacerdotes ver al Maestro en los templos repartiendo hojas de papel en blanco.
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Un millonario llegó al monasterio con la intención de «enseñarle a ese viejo loco algo de los placeres del mundo, para que no desperdicie su vida con las privaciones de un monasterio».
Los discípulos, sabedores del deleite que hallaba el Maestro en las cosas buenas de la vida, se rieron con ganas al oírlo. «Enseñar a ese viejo loco a disfrutar de la vida», dijo uno de ellos, «es como bañar a un pez».
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En una noche clara y estrellada, el Maestro obsequió a sus discípulos con sus conocimientos de astronomía:
«Aquella es la galaxia espiral de Andrómeda», dijo. «Es tan grande como nuestra Vía Láctea, y su luz, a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, tarda medio millón de años en llegar a nosotros. Está formada por cien mil millones de soles, muchos de ellos más grandes que el  nuestro».
Luego, tras una breve pausa, dijo con una sonrisa: «y ahora que ya nos hemos puesto en nuestro lugar, vámonos a dormir».
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«Ando buscando la paz que proporciona el morir a uno mismo».
« ¿Quién es el que busca esa paz?», dijo el Maestro.
«Yo».
« ¿Y cómo va tu ‘Yo’ a conseguir una paz que sólo ha de darse cuando tu ‘Yo’ haya muerto?»
Y más tarde contaría esta historia:
Cuando murió el viejo vendedor de botones y cintas, dejó, para sorpresa de todos, una enorme fortuna en pólizas de seguros.
Lo cual, sin embargo, no sirvió para consolar a su viuda, que se lamentaba: «Mi pobre esposo. . . Toda su vida trabajando incansablemente en la más absoluta pobreza, y ahora que Dios nos envía esta fortuna, ¡él no está aquí para disfrutarla!»
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El Maestro reprendió a un discípulo que no hacía más que meterse en problemas, por su compulsivo afán de decir la verdad.
« ¿Acaso no debemos decir siempre la verdad’?», protestó el discípulo.
« ¡Claro que no! A veces es mejor ocultarla».
Instado a poner un ejemplo, el Maestro contó el caso de aquella suegra que fue a pasar una semana a casa de su hija. . . y se quedó un mes.
La joven pareja, finalmente, urdió un plan para librarse de la buena señora: «Esta noche, cuando yo sirva la sopa», dijo la mujer al marido, «nos ponemos a discutir: tú dices que está muy salada, y yo digo que está sosa; si mi madre te da la razón a ti, yo me pongo furiosa y la echo de casa; si me la da a mí, montas tú el número y la echas tú».
Se sirvió la sopa, se armó la marimorena, y la mujer le dijo a su madre: «¿A ti qué te parece, mamá: está la sopa sosa o salada?»
La señora hundió su cuchara en la sopa, se la llevó a los labios, la probó cuidadosamente, hizo una pausa y dijo: «A mí me gusta».
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El Maestro escribió al Gobernador una durísima carta para protestar por la brutalidad con que había sido reprimida una manifestación en contra del racismo.
El Gobernador le respondió afirmando que no había hecho más que cumplir con su deber.
Y éste fue el comentario que hizo el Maestro: «Siempre que un estúpido hace algo de lo que debería avergonzarse, afirma que ha cumplido con su deber».
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« ¿Por qué viaja usted tan poco?», le preguntó al Maestro un periodista.
«Contemplar a una persona o cosa cada día del año y descubrir siempre algo nuevo en ella. . . es una aventura mucho más apasionante que la que puede ofrecer cualquier viaje», dijo el Maestro.
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Cuando el Maestro oyó a un discípulo hablar en términos despectivos de la codicia y la violencia de «la gente del mundo de ahí fuera», le dijo:
«Me recuerdas a aquel lobo que estaba pasando por una época pacífica y virtuosa y que, al ver a un gato persiguiendo a un ratón, se volvió hacia otro lobo y le dijo lleno de indignación: ‘¿No va siendo hora de que alguien haga algo para acabar con tanto gamberrismo?’»
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En sus años mozos, el Maestro se había marchado de casa en busca de la sabiduría.
Y las palabras que dijo al partir fueron las siguientes: «El día en que la encuentre, os lo haré saber».
Muchos años más tarde, esta promesa parecía carecer ya de toda importancia. 
Se dio cuenta de ello cuando supo que, sin saberlo él en absoluto, la había encontrado.
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« ¿Cómo se obtiene la felicidad?»
«Aprendiendo a contentarse con lo que se tiene».
«Entonces, ¿no se puede desear nada?»
«Claro que se puede», dijo el Maestro, «con tal de tener la actitud de aquel padre al que conocí en la sala de espera de una clínica de maternidad y que, cuando llegó la enfermera y le dijo:
«Ya sé que esperaba usted un niño, pero siento decirle que ha sido niña», replicó:
«Bueno, la verdad es que no me importa demasiado, porque ya suponía yo que, si no era niño, iba a ser niña».
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En cierta ocasión, el Maestro oyó casualmente cómo un discípulo le decía a un visitante:
«Tengo a honra el hecho de haber sido personalmente admitido como discípulo por el maestro, mientras que se cuentan por centenares los que han sido rechazados».
Cuando tuvo ocasión, el maestro le dijo en un aparte: «vamos a dejar una cosa muy clara desde el principio: si tú fuiste escogido, y otros no, fue únicamente porque tú estabas más necesitado que ellos».
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A propósito de la educación moral de los niños, el Maestro dijo en cierta ocasión:
«Cuando yo era un adolescente, mi padre me previno contra determinados lugares de la ciudad.
Recuerdo que me dijo: «No vayas nunca a un ‘night-club’, hijo mío».
« ¿Por qué?», le pregunté yo.
«Porque verías cosas que no debes ver»
«Aquello, lógicamente, despertó mi curiosidad. Por eso, en cuanto se me presentó la primera ocasión, entré en un ‘night-club’».
« ¿Y viste algo que no deberías haber visto?», le preguntaron los discípulos.
«Ciertamente que sí», dijo el Maestro. «Vi a mi padre».
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«La felicidad es una mariposa», dijo el Maestro. «Si la persigues, se escapa. Si te sientas
y esperas tranquilamente, se posa en tu hombro».
«Entonces, ¿qué debo hacer para alcanzar la felicidad?»
«Dejar de perseguirla».
« ¿Y no puedo hacer nada más?»
«Sí. Puedes tratar de sentarte y esperar tranquilamente. . . ¡si te atreves!».
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« ¿Cuánto dura el presente: un minuto, un segundo…?»
«Mucho menos y mucho más», dijo el Maestro. «Menos, porque, en el momento en que tratas de captarlo, ya se ha ido».
«Y más, porque, si consigues entrar en él, toparás con la ilimitación del tiempo y sabrás lo que es la Eternidad».
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