¿Que es el ego y como lidiar con el?

Antes que nada, muy feliz Año Nuevo. Mañana es 2026. Hoy quiero festejarlo con un audio para darnos cuenta de lo que es el falso yo. Una de las formas de saber quién soy realmente es primero descubrir quién no soy. Así es que hoy empezamos esta víspera de Año Nuevo con quitarnos el velo que nos impide ver la realidad tal y como es: el ego.

El ego no es un champú. Por ahí vamos a empezar. Yo antes lo único que sabía del ego era que era un champú llamado Ego y también creía que el ego tenía que ver con ser presumido, alguien a quien se le subió el ego, ¿no? O sea, que está muy presumido. Pero el ego es algo mucho más… iba a decir complejo, pero no es complejo; es simplemente la ignorancia aprendida. Vamos a simplificarlo con esas dos palabras: la ignorancia aprendida.

¿Sabes cómo veo al ego? Como un virus que se metió en la conciencia pura. Cuando nazco no tengo programas, soy la conciencia pura que solo observa y percibe todo su universo. Vivo en el cielo y en la tierra. Yo me acuerdo cuando era niño: vivía en el cielo y en la tierra, no tenía deseos, no tenía programas, no tenía culpas, no tenía miedos; era libre. Y de repente… la sociedad, los papás, los familiares, la religión, los compañeros de clase, las monjas, los maristas, Monterrey, Guadalajara, Puerto Vallarta, toda la cultura mexicana, todas las tradiciones… todo eso me empezó a programar. Y esa programación es el ego. Ese condicionamiento me formó, formó en mí una personalidad, una máscara, y esa máscara está deseosa de cumplir ciertos propósitos.

Te voy a poner un ejemplo muy real, muy propio, para que comprendas. Estoy por lanzar la segunda generación de la IA, de la inteligencia artificial; va a empezar el 3 de febrero. Y mi ego, mi ignorancia aprendida, desea ser mejor que la primera generación. Mejor en cuanto a que tenga más alumnos, que tenga mejor contenido, que esté a la vanguardia, que ofrezca los mejores tips, etcétera, etcétera, etcétera. Y he estado capacitándome mucho, con muchos mentores, aquí y allá, suscribiéndome a cursos aquí y allá. Pero para mi ego nunca hay suficiente.

¿Y sabes cómo detecto que ya caí en el ego? Cuando mi plexo solar se activa. El plexo solar es la caja de resonancia de las emociones; está situada en mi ombligo. Esa caja de resonancia es como una guitarra, y ese hueco de la guitarra de donde sale el sonido es mi plexo solar. Es como mi alarma, que me dice: “ya te distrajiste”. Y el ego me lleva a un ciclo vicioso de culpa, miedo y autocastigo.

¿Cómo sé que estoy en el ego? Cuando entro en ese ciclo vicioso de culpa, miedo y autocastigo. ¿Cómo sé que estoy en el ego? Cuando creo que no soy suficiente. Fíjate, esto es muy importante para detectar al ego: el ego se alimenta de negativismo. Y te voy a ejemplificar el negativismo justamente con lo que estoy viviendo en este momento. La primera generación fue maravillosa, tuve muy buena retroalimentación, estaban muy felices. Pero mi ego dice: “no, no es suficiente, necesitas hacerlo mejor”. ¿Te fijas? Ya caí en la trampa: querer hacerlo mejor de lo que soy realmente. Y lo que soy realmente no necesita mejorar; el único que quiere mejorar es el ego. ¿Te fijas?

Y estos ejemplos que te doy me encantan porque yo soy la rata de experimento. O sea, así como en los laboratorios usan a las ratas para experimentar nuevas leyes, nuevas teorías, y luego con esas leyes y teorías establecer leyes, yo me doy cuenta de que por 49 años he sido mi propia rata de laboratorio.

¿Y sabes qué hice para poder corregir el error en la mañana? Porque en la mañana me metí a mi celular antes de ascender, y eso es el ego. El ego es creer que existe algo más importante que el silencio. Eso que me hizo levantarme y ver mi celular es el ego; es la mente programada para ser exitosa, para capacitarse, para cumplir su deseo. Fíjate, para cumplir su deseo.

¿Qué desea el ego? Fíjate qué desea. Son cosas muy tontas. Desea estar completo, ser perfecto, ser mejor todos los días, ser la mejor versión de mí mismo, ser el arquitecto de mi propio destino, cumplir mis metas. Y luego cumplo mis metas y me pone metas más grandes, y luego cumplo las metas más grandes y luego quiero otras metas más grandes. Te digo algo: es un barril sin fondo.

Cuando tuve Compunet me di cuenta de ese error. Tenía 100 clientes y ya quería 200; tenía 200 y quería 300. Llegué hasta mil clientes después de 10 años de trabajo arduo. ¿Y sabes a qué me llevó esa búsqueda infinita y ese barril sin fondo? A la carencia, a la enfermedad y a mucha culpa. Porque estaba dejando de lado a mi familia, al deseo más grande de mi corazón. Estaba descuidando mi cuerpo, estaba descuidando mi alma.

Lo más importante para mí en este momento es mi paz. ¿Qué es más importante que mi paz? Mi ego me dice: “¡Ay! Lograr que la segunda generación sea mejor que la primera”. Sí, eso es lo que desea mi ego. Pero en cuanto siento ese ardor en mi panza, esa es la señal de que ya me desvié. Como decimos los mexicanos, estoy cagando fuera del hoyo.

Cuando siento dolor en mi panza, me pregunto: ¿qué es más importante que Dios? Por eso Un Curso de Milagros me ubica, y una de las lecciones que más me gusta es esta que te voy a decir: que recuerde que Dios es mi único objetivo.

Ahora vamos a hablar de lo que es el Ser con letras mayúsculas. El Ser es el reconocimiento de que ya soy eso que no necesita nada, que no necesita hacer nada ni tener nada para experimentar el deseo más grande de mi corazón. Cuando haciendo ya ascendí.

Te digo que en la mañana prendí mi celular y sentí ese ardor en la panza, y dije: “no, no, no, no, no caigas en la trampa; ponte a hacer lo que es realmente importante”. Como dice nuestro hermano Mos, de Un Curso de Milagros: primero mi paz y después todo lo demás.

Entonces, cuando me puse a ascender, dije: “a ver, ¿qué es lo más importante?, ¿qué es lo realmente importante?”. Ascender. Y en la ascensión empecé a darme cuenta de que estaba observando el movimiento. El movimiento es justamente los ruidos que hay a mi alrededor. En mi casa están construyendo mucho, y entonces había ruidos de construcción, motos pasando, y mi mente de volada haciendo juicios sobre esos ruidos. “¡Ay! ¿Cuántas construcciones hay en Puerto Vallarta? ¡Ay! Mucha competencia, vamos a tener menos rentas”. Todos esos pensamientos que se activaron en automático son el ego, es el programa.

¿Y sabes algo que aprendí gracias a mis maestros de ascensión? Que a los pensamientos no se les tiene que eliminar, no se les tiene que cambiar; se les tiene que amar. Todo aquello que se acepta se trasciende; todo aquello que se resiste persiste. Entonces, lo que hice fue amar mis pensamientos.

¿Cómo se aman? Fíjate, es muy diferente amar desde engancharme y hacer historias a permitirlos. Quiero hacer una distinción. Cuando me surgió ese pensamiento de “ay, cuántas construcciones, bla, bla, bla”, en ese momento empecé a introducir mis técnicas de ascensión. Mis técnicas de ascensión están basadas en pensamientos perfectos que crean coherencia en mi mente, y esa coherencia es contentamiento.

El contentamiento es estar satisfecho con lo que soy, con lo que tengo, con lo que hago y con quien estoy. Estoy satisfecho con este instante santo exactamente como es. Ya no hay resistencia. Y desde esa no resistencia existe una rendición que me permite observar los pensamientos. Eso es amar los pensamientos: observarlos, permitirlos y soltarlos, no juzgarlos.

Todo lo que se juzga es lo que se convierte en enfermedad. Entonces, cuando dejo de juzgar mis pensamientos y pongo toda mi atención en la parte más quieta del momento presente, el ego simplemente desaparece. No es complicado; solamente se necesita una guía, una práctica y una comunidad.

Cuando tienes una guía que te enseña la práctica, porque la práctica hace al maestro y el maestro hace la práctica… ¿Quién es el guía? Pues el que ha practicado por décadas, no años: décadas, 20, 30, 40 años. Yo ya conozco maestros que tienen más de 30 años ascendiendo, y estos maestros están tan, pero tan tranquilos, tan en paz, tan rendidos al momento presente, que digo: “wow, yo quiero ser como tú”.

Entonces, lo único que necesitas para saber quién es tu guía es si ese maestro te da esa inspiración de decir: “yo quiero ser como él”. Te digo quién fue mi primer maestro que me inspiró a ser maestro de ascensión. Se llama Manu. Y Manu es muy chistoso, y ya sabes que a mí también me gusta mucho reír.

Entonces, cuando yo fui a un retiro de siete días con Manu, estaba él platicando su experiencia. Platicaba muchas cosas desde ese estado de gozo infinito que le da justamente descansar en Dios, descansar en la parte más quieta del momento presente. Empezó a compartir tantas cosas divertidas; su sonrisa… Yo siempre he dicho que Manu es el niño grandote más auténtico que he descubierto. O sea, su risa no es fingida; su risa es tan natural y auténtica que dije: “yo quiero ser como él, yo quiero algún día tener esa risa auténtica”.

Y él me hizo decidir pagar mi inscripción a la maestría del Ser y, por seis meses, entrenarme con maestros calificados que me enseñaron el paso a paso. Eso es lo importante de la guía. No te dan las raíces cuadradas ni el álgebra sin antes enseñarte las sumas y las restas. Y ya cuando dominas las sumas y las restas, pasas a las multiplicaciones y a las divisiones. Y luego ya te pasan al álgebra, raíces cuadradas e incluso operaciones matemáticas como las que hacía Einstein para descubrir la teoría de la relatividad.

Que es justamente lo que ahorita estoy experimentando: me están dando una tarea mucho más avanzada y haciendo maestro. Porque ya pasé por las sumas, las restas, las multiplicaciones, las divisiones, las raíces cuadradas y el álgebra. O sea, no te pueden ofrecer las tareas complicadas sin antes enseñarte lo más básico. Eso es lo bonito de tener una guía calificada.

Y las guías que tengo en los Ishayas no son en relación a aprender algo. Lo más hermoso de los Ishayas es que ya no estamos aquí para aprender nada; estamos aquí para desaprender. O sea, ya me di cuenta de que el promedio de edad de los Ishayas, de los maestros Ishayas, es de 50 a 60 años, más o menos. O sea, hay personas que tienen 80 años y están ahí de maestros Ishayas, y hay también otros de 50. Yo creo que el más joven que está ahí es de 40.

O sea, casi todos los que buscamos despertar ya pasamos por la etapa del ego, de la programación. Ya nos hartamos de vivir desde esa mente condicionada que siempre está insatisfecha con lo que soy, con lo que tengo, con lo que hago y con quien estoy. Siempre en negativismo, haciendo historias de lo que pasó y lo que podría pasar. Es un barril sin fondo.

Entonces, volviendo al tema: ¿cómo se disuelve el ego? Con una guía y con una práctica. La práctica… fíjate qué interesante. Me encantan los Ishayas porque los Ishayas me enseñaron a pescar, no me dieron el pescado. Los Ishayas, a diferencia de otras corrientes de sanación o de meditación o enseñanzas de este tipo, ellos cobran nada más cuatro mil pesos por el curso de la Primera Esfera y después ya puedes hacer la Primera Esfera gratis de por vida. No manches, es una membresía vitalicia.

Y yo dije: “por ahí me gustan los Ishayas”, porque se ve que su objetivo no es hacerse ricos; su objetivo es ellos despertar y, al mismo tiempo, ayudar a la humanidad a despertar. Entonces me gustó su congruencia en ese aspecto. No vi el signo de dinero en ellos; eso me gustó.

Entonces, la práctica. ¿Por qué dije eso? Bueno, porque era importante decirlo. Cuando tienes la práctica y tienes la guía, ya eres autosuficiente. En tu casa, en tu oficina, en tu carro, en el tráfico, en cualquier lugar, como podemos ascender con ojos abiertos también, ya tienes la herramienta que te permite estar presente. Y estar presente es disolver al ego.

El ego se alimenta de historias entre pasado y futuro: lo que pasó y lo que podría pasar; culpa del pasado, preocupación del futuro. Pero cuando estás presente, vuelves a estar con Dios, porque Dios se experimenta únicamente en el presente. No existe una forma de decir: “es que yo experimenté a Dios ayer”. ¿Verdad que no se puede decir eso? Yo experimento a Dios en este momento, en este instante, en este presente, en este regalo del instante santo.

Por eso es tan importante volver, regresar; solo regresa a este momento y quédate ahí. Y te voy a compartir, por ejemplo, un lingote de oro que me cayó cuando estaba en una reunión con Manu, con ese maestro que me inspiró a ser maestro. Estábamos en una reunión compartiendo todos. Una persona levantó la mano y platicó su experiencia de que tenía un problema grave con sus hijos porque bla, bla, bla y más bla. No te voy a decir qué dijo porque no tiene caso; es revivir el pasado y eso no tiene caso. Lo único que te puedo decir es que era un compartir muy doloroso.

Y Manu le dice: “a ver, en este momento introduce una técnica”. Y lo guió, lo hizo sentir paz y le dijo: “en este momento, ¿cómo estás?”. Y la persona que levantó la mano dijo: “me siento en paz, estoy tranquilo”. Y luego Manu le dijo: “quédate ahí”. Y ya pasó a contestar otra pregunta.

Esto es el despertar. El despertar es: me distraigo, solo regreso y me quedo ahí; me vuelvo a distraer, vuelvo a elegir regresar a casa por medio de una herramienta, que es mi práctica, que me enseñó mi guía; y luego descanso ahí. Y luego me distraigo y vuelvo a regresar, y vuelvo a introducir mis técnicas que me ayudan a experimentar ese deseo más grande de mi corazón, y descanso nuevamente ahí. Y esta es la danza de las ascensiones: me distraigo, regreso por medio de mi práctica y descanso ahí, y me quedo ahí.

¿Y qué pasa con el tiempo? Fíjate qué pasa con el tiempo. Si eres consistente con tu práctica, el tiempo hace que tu nuevo hábito domine al viejo hábito. Si tu antiguo hábito era estar haciendo historias, ahora tu nuevo hábito es descansar en Dios. Y cuando estás descansando en Dios y te sientes pleno y dichoso, ¿qué crees que pasa? Pues nada, no pasa nada. No necesitas nada; no necesitas nada para ser feliz, no necesitas nada para experimentar ese deseo más grande de tu corazón. Por eso digo que no pasa nada.

El ego es el que quiere que pasen cosas; el ego siempre está insatisfecho. Por eso dice: “hasta que tenga un nuevo trabajo que me paguen mucho”, o “hasta que yo logre que en la segunda generación haya tantas personas suscritas”. Fíjate, por no ascender vuelvo a caer en la trampa.

Pero lo más bonito es que tengo mi plexo solar, que es mi indicador de si me he estado distrayendo o no. Así es que ya no me puedo hacer pendejo. Mi plexo solar es mi indicador de si me estoy distrayendo del deseo más grande de mi corazón.

Y voy a finalizar con una analogía, la analogía del edificio. Imagínate que tú un día eliges poner tu escalera en un edificio, y ese edificio se llama “el amor de papá”. Subes a ese edificio hasta arriba, mendigándole amor a tu papá porque pensabas que así ibas a obtener la felicidad, la paz, la tranquilidad, el contentamiento. Y te das cuenta de que llegas hasta arriba y, cuando llegas hasta arriba, no controlas a tu papá y tu papá no te da esa cosa que tú deseabas tanto: esa palabra, ese reconocimiento, esa validación, ese amor que tanto deseabas de tu padre.

Y como no te sientes satisfecho, bajas la escalera y subes a otra escalera llamada “éxito financiero”. Y buscas la libertad financiera, y estudias cursos, lees libros, te metes un chorro de programas acerca del dinero para ser millonario, y subes hasta arriba. Y ahí arriba, cuando llegas a la cima, te das cuenta de que perdiste muchos años buscando la felicidad como el burro que busca la zanahoria.

Y luego, ya decepcionado, vuelves a bajar, y así te la pasas poniendo la escalera en muchos otros edificios que no tiene caso mencionarte. Pero ya comprendiste que son dioses falsos. Ya después de muchos años de búsqueda, al fin te rindes y dices: “voy a ponerla en esa que me habían dicho que sirve; se llama la ascensión”. Y ya te pones a ascender con la guía de maestros despiertos. Y cuando llegas arriba, experimentas una plenitud tal que dices: “no manches, aquí Dios ya me lo ha dado todo”. Y te pones bien contento porque dices: “no manches, apagué el fuego del deseo; por fin lo apagué”.

Pero ¿qué crees? En cuanto dejas tu práctica y dejas tu comunidad, ese fuego vuelve a encenderse. Ese fuego del ego que nuevamente vuelve a decirte: “no eres suficiente, no eres lo que deberías de ser, no tienes lo que deberías de tener, no estás haciendo lo que deberías de estar haciendo y no estás con quien deberías de estar”. Nunca estás satisfecho, el ego. Se alimenta de negativismo, se alimenta de historias del pasado y del futuro: lo que pasó y lo que podría pasar, lo que pasó y lo que podría pasar, lo que pasó y lo que podría pasar. De 60 a 90 mil pensamientos de lo que pasó y de lo que podría pasar. Es el cuento de nunca acabar.

A menos que sea humilde y reconozca que mi guía es incorrecta. O sea, ¿quién es mi guía ahorita? Si sufro, si estoy sufriendo, careciendo o enfermando, o las tres, estoy en ego. En ese momento puedo elegir pedir ayuda. Cuando pido ayuda a un maestro despierto, yo despierto. Porque él me va a guiar con una práctica, me va a presentar a toda una comunidad, a una tribu despierta, para que me inspire a ir por más, para que me inspire a subir mi escalera nuevamente hasta arriba y ascender.

Ascender significa ir más allá del ego, ir más allá de la superficie de la mente donde están instalados todos estos programas y surcos que mantienen justamente la superficialidad de lo que realmente vine a experimentar. Lo que realmente vine a experimentar es el deseo más grande de mi corazón, y cualquier cosa menos que eso es desperdiciar mi vida.

Y ahora que estamos por comenzar el 2026, es un buen momento para hacernos esta pregunta: ¿qué quiero experimentar en el 2026? ¿Carencia, enfermedad, culpa, miedo, autocastigo, autoboycott, procrastinación, programa, o quiero experimentar la paz de Dios?

¿Qué quiero experimentar en el 2026? Tengo 49 años; en mi caso, probablemente tú tengas menos o más, no lo sé. Pero lo único que te puedo decir es que no tienes la vida comprada. Por más que te cuides, por más que hagas deporte, por más que te alimentes saludablemente, te puedes morir en un santiamén.

Por eso hoy, en este 31 de diciembre de 2025, elijo ser humilde, pedir ayuda, volver a mi comunidad, ascender, poner a Dios como prioridad y, desde ahí, dejar que Dios haga lo que Él quiera. Amén.

 

 

 

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